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GABRIELA MISTRAL, traducida al inglés por Anabel Torres

Gabriela Mistral nació en Vicuña (Chile) en 1889 y murió en Hempstead (Nueva York, EE. UU.) en 1957.



TODAS ÍBAMOS A SER REINAS


 

Todas íbamos a ser reinas,


de cuatro reinos sobre el mar:


Rosalía con Efigenia


y Lucila con Soledad.


En el valle de Elqui, ceñido


de cien montañas o de más,


que como ofrendas o tributos


arden en rojo y azafrán,


lo decíamos embriagadas,


y lo tuvimos por verdad,


que seríamos todas reinas


y llegaríamos al mar.


Con las trenzas de los siete años,


y batas claras de percal,


persiguiendo tordos huidos


en la sombra del higueral.


De los cuatro reinos, decíamos,


indudables como el Corán,


que por grandes y por cabales


alcanzarían hasta el mar.


Cuatro esposos desposarían,


por el tiempo de desposar,


y eran reyes y cantadores


como David, rey de Judá.


Y de ser grandes nuestros reinos,


ellos tendrían, sin faltar,


mares verdes, mares de algas,


y el ave loca del faisán.


Y de tener todos los frutos,


árbol de leche, árbol del pan,


el guayacán no cortaríamos


ni morderíamos metal.


Todas íbamos a ser reinas,


y de verídico reinar;


pero ninguna ha sido reina


ni en Arauco ni en Copán…


Rosalía besó marino


ya desposado con el mar,


y al besador, en las Guaitecas,


se lo comió la tempestad.


Soledad crio siete hermanos


y su sangre dejó en su pan,


y sus ojos quedaron negros


de no haber visto nunca el mar.


En las viñas de Montegrande,


con su puro seno candeal,


mece los hijos de otras reinas


y los suyos nunca-jamás.


Efigenia cruzó extranjero


en las rutas, y sin hablar,


le siguió, sin saberle nombre,


porque el hombre parece el mar.


Y Lucila, que hablaba a río,


a montaña y cañaveral,


en las lunas de la locura


recibió reino de verdad.


En las nubes contó diez hijos


y en los salares su reinar,


en los ríos ha visto esposos


y su manto en la tempestad.


Pero en el valle de Elqui, donde


son cien montañas o son más,


cantan las otras que vinieron


y las que vienen cantarán:


“En la tierra seremos reinas,

y de verídico reinar,

y siendo grandes nuestros reinos,

llegaremos todas al mar".


 

QUEENS WERE WE ALL DESTINED TO BE

 

Queens were we all destined to be


among four kingdoms by the sea:


Rosalía with Efigenia


and Lucila with Soledad.


In the Valley of Elqui, surrounded by


a hundred mountains, or more,


Which burned in scarlet and saffron


Like offerings or tributes,


We giddily chanted


And  held it to be true,


that the four of us would be queens


and make our way down to the sea.


Seven-year-olds wearing braids


and light calico smocks,


we chased runaway blackbirds


along the shadow cast by the fig groves.


Four kingdoms they would be, we trilled,


veritable as the Koran,


And they’d be so huge and so complete


they’d reach all the way down to the sea.


Four husbands would we marry


when the time came to wed,


and they’d be kings and troubadours


like David, King of Judah.


And being so huge, our kingdoms


would possess green seas, to be sure,


And seas of algae, crazy pheasant birds.


And bear all kinds of fruit,


including trees laden with milk and bread


So we’d never need to bite metal at all,


Or cut down lignus trees.


The four of us were to be queens,


by royal command, as you can see;


yet none of us ever became queen,


not in Arauco or Copan…,


Rosalía kissed a sailor


already married to the sea


And at the Archipelago of Guaitecas,


her kisser was devoured by a storm.


Soledad raised seven brothers


kneading their bread with her blood,


and her eyes went completely black


from never seeing the sea at all.


In the vineyards of Montegrande,


Straddled fast to her pure and loyal breast,


she cradled the children of other queens,


and hers for never more.


Efigenia crossed paths with a foreigner,


and followed him without uttering a word,


not even knowing his name


for a man is like the sea.


And Lucila, who could native-speak river,


mountain and sugar cane,


among the moons of lunacy


was bestowed her true kingdom.


In the clouds she counted ten children


and on the salt flats her throne,


She was capable of seeing husbands in rivers


and a mantle in tempests.


Yet in the Valley of Elqui, nestling


on a hundred mountains, if not more,


the girls who came after us are singing,


and so will the girls who come after them sing:


“We shall be queens

upon this earth of veritable kingdoms;

and being huge, our kingdoms

will reach down to the sea".





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