José García Peláez, "Pepín de Pría", nació en 1864 en Llanes (Asturias), donde murió en 1928.
LA SARDINERA
I
Mirade como cuerre la sardinera
a vender les sardines a la carrera.
¿Non la vedes? Fegura que s’asofoca
y tantu s’afurfuga que paez lloca.
Cásique a la rodía lleva’l refaxu
y sobre la cabeza carreta un paxu
que va chando salmoria qu’esbarria llente
a mecése-y col sudu sobre la frente,
sin que delgún s’apene de la so estrella,
sin que tenga un cristianu llástima d’ella.
II
La madexa de pelu que-y envidiara
la más xentile reina si la peñara,
cola carga, que tienla tan abatida,
ta aparrada, ta triste, ta descayida.
Los rizos que-y revoltia l’aire terreru
cuando sal pa la pesca so compañeru,
de tanto como cuerre, brega y trabaya,
apiéga-ylos el sudu so la vidaya.
Y aquellos güeyos dolces, que no hai quien vea
como ellos el encantu de la marea
qu’arrellucen lo mesmo que dos lluceros
pa nellos amirase los marineros;
que tienen fueu d’estrelles, llume d’aurora,
¿non paez que se-y queden sos dos neñines
tristes cuando ella grita: ─Tomái sardines?
III
Vosotros que sabedes que los amores
son escayos del alma desgayadores,
sabé también qu’al alma d’esta enfelice
puede qu’algún escayu la martelice;
puede que so la mustia cara morena
haya posáu la sombra dalguna pena.
Al corazón nes ales puede que-y risgue
dalguna gafa espina que l’alma-y fisgue,
y que los dos, feridos de tar penando,
cuerran muertos de pena los dos sangrando.
IV
Y asina ye: cuando ella piesca’l so paxu
y casi a la rodía pon el refaxu,
y de la so casuca sal a la puerta,
ye cruxía la probe va casi muerta:
pos dexa xunta al fuevu dos anxelines
mentres cuerre a la venta de les sardines.
Espetaos na so alma los corazones
de les neñes que queden colos tizones,
cuerre como una lloca, pa ver si fina
el millar que-y echaren de la sardina;
cuerre, tuda s’afana, tuda s’azora;
cuerre, paez que canta, paez que llora;
cuerre y llama a les puertes de les vecines
gritando medio lloca: -¡Tomái sardines!
V
Sí, tomáiles: qu’esnala col so deséu
xunta les sos neñines que tien al fueu
calentándose, porque tán axelaes,
y coles sayiquines toes moyaes…
¡Probines!... ¿Si la güestia fai que cayeren
en fueu, y abrasadines se mi morrieren?
¿Y aquelles maniquines y aquellos brazos
que tan tiernos mi dieren miles d’abrazos?
¿Y sos llabios de sangre de puru encesos
Que tan dolces mi dieren miles de besos
Pudieren tan engüeltos en una llama
reditiéndose? ¡Virxen!... ¡Ai! ¿Quién me llama?
Virxen, si tan escura fora mio suerte
qu’al gana-yos la vida-yos dé la muerte…!
Tenéi piedá, muyeres; por Dios, vecines;
que quiero dir pa casa. ¡Tomái sardines!…
LA SARDINERA
I
Mirad como corre la sardinera
a vender sardinas a la carrera.
¿No la ves? Figura que se sofoca
y tanto se acelera que parece loca.
Casi a la rodilla lleva el refajo
y sobre la cabeza lleva un canasto
que va echando salmuera que resbala húmeda
a mezclársele con el sudor sobre la frente,
sin que nadie se apene de su estrella,
sin que un cristiano tenga lástima de ella.
II
La madeja de pelo que le envidiara
la más gentil reina si la peinara,
con la carga que la tiene tan abatida,
está cansada, está triste, está decaída.
Los rizos que le revuelve el aire terrero
cuando sale para la pesca su compañero,
de tanto como corre, brega y trabaja,
se los pega el sudor bajo la sien.
Y aquellos ojos dulces que no hay quien vea
como ellos el encanto de la marea
que relucen lo mismo que dos luceros
para en ellos mirarse los marineros;
que tienen fuego de estrellas, luz de aurora,
¿no parece que se le queden sus dos pupilas
tristes cuando ella grita: ─Tomad sardinas?
III
Vosotros que sabéis que los amores
son espinos del alma desgarradores,
sabed también que al alma de esta infeliz
puede que alguna espina la martirice;
puede que en la triste cara morena
haya posado la sombra alguna pena.
Al corazón en las alas puede que le rasgue
alguna mala púa que el alma le clave,
y que los dos, heridos de estar penando,
corran muertos de pena los dos sangrando.
IV
Y es así: cuando ella coge su canasto
y casi a la rodilla pone el refajo,
y de su casuca sale a la puerta,
de miedo la pobre va casi muerta:
pues deja junto al fuego dos angelitas
mientras corre a la venta de las sardinas.
Espetados en su alma los corazones
de las niñas que quedan con los tizones,
corre como una loca, para ver si termina
el millar que le echaran de la sardina;
corre, toda se afana, toda se azora;
corre, parece que canta, parece que llora;
corre y llama a las puertas de las vecinas
gritando medio loca: ─¡Tomad sardinas!
V
Sí, tomadlas: que vuela con su deseo
junto a sus niñitas que tiene al fuego
calentándose, porque están heladas,
y con las faldas todas mojadas…
¡Pobrecitas!... ¿Si la güestia
hace que hayan caído
en fuego, y quemaditas se me hayan muerto?
¿Y aquellas manitas y aquellos brazos
que tan tiernos me han dado miles de abrazos?
¿Y sus labios de sangre de puro encendidos
que tan dulces me han dado miles de besos
han podido estar envueltos en una llama
derritiéndose? ¡Virgen!... ¡Ay! ¿Quién me llama?
¡Virgen, si tan oscura fuera mi suerte
que al ganarles vida les dé la muerte…!
Tened piedad, mujeres; por Dios, vecinas;
que quiero ir para casa. ¡Tomad sardinas!...
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