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ÉMILE VERHAEREN, traducido del francés por Pedro Alcarria

Émile Verhaeren nació en Sint-Amans (Bélgica) en 1855 y murió en Ruan (Francia) en 1916.



UNE STATUE (MOINE)

 

On le croyait fondateur de la ville,

Venu de pays clairs et lointains,

Avec sa crosse entre les mains,

Et, sur son corps, une bure servile.

 

Pour se faire écouter il parlait par miracles,

En des clairières d’or, le soir, dans les forêts,

Où Loge et Thor carraient leurs symboles épais,

Et tonnaient leurs oracles.

 

Il était la tristesse et la douceur

Descendue autrefois, à genoux, du calvaire,

Vers les hommes et leur misère

Et vers leur cœur.

 

Il accueillait l’humanité fragile,

Il lui chantait le paradis sans fin

Et l’endormait dans le rêve divin,

Le front posé sur l’évangile.

 

Plus tard, le roi, le juge et le bourreau

Prirent son verbe et le faussèrent ;

Et les textes autoritaires

Apparurent, tels des glaives hors du fourreau.

 

Contre la paix qu’il avait inclinée

Vers tous, de son geste clément,

La vie, avec des cris et des sursauts déments,

Brusque et rouge, fut dégainée.

 

Mais lui resta le clair apôtre au front vermeil,

Aux yeux remplis de patience et d’indulgence

Et la pieuse et populaire intelligence

Puisait auprès de lui la force et le conseil.

 

On l’invoquait pour les fièvres et pour les peines

On le fêtait en mai, au soir tombant,

Et les mères et les vieillards et les enfants

Venaient baigner leurs maux dans l’eau de sa fontaine.

 

Son nom large et sonore d’amour

Marquait la fin des longues litanies

Et des complaintes infinies

Que l’on chantait, depuis toujours.

 

Il se perpétuait, près d’un portail roman,

En une image usée et tremblotante,

Qui écoutait, dans la poitrine

Haletante des tours,

Les bourdons lourds clamer au firmament.

 

 

UNA ESTATUA (MONJE)

 

Se cree que fue el fundador de la ciudad,

Llegado de un país lejano y diáfano

Con su cayado entre las manos,

Y sobre su cuerpo, un miserable sayal.

 

Para hacerse oír, hablaba por medio de milagros,

En calveros dorados, de noche, en los bosques,

Donde Thor y Loki tallaron sus gruesos símbolos,

Y tronaron sus oráculos.

 

Fue la tristeza y la dulzura

Que antaño bajó de rodillas el calvario,

Hacia los hombres y sus penas

Camino de sus corazones.

 

Acogía a la frágil humanidad,

Cantando para ella el paraíso sin fin,

Y arrullándola en el sueño divino,

Posada la frente en el evangelio.

 

Luego el juez, el verdugo y el rey

Tomaron su verbo y lo falsearon;

Y los textos autoritarios

Emergieron expuestos como espadas.

 

Contra la paz que en un gesto piadoso

reclinó hacia todos,

La vida, con gritos y estallidos dementes,

Roja y súbita, fue desenvainada.

 

Mas quedó el claro apóstol de frente bermeja,

Cálido, a la vista de todos, clemente y paciente

Y la piadosa inteligencia del pueblo

Sacaba de él fuerza y consejo.

 

Se le pedía amparo, en fiebres y penas

Festejándolo en mayo, al caer la tarde

Y las madres, los niños y los ancianos

Venían a lavar los males bajo el agua de su fuente.

 

Su nombre, amplio y sonoro de amor

Marcaba el final de largas letanías

Y de un sinfín de lamentos

Que desde siempre hemos cantado.

 

Se perpetuó junto a un pórtico romano,

En un icono tembloroso y gastado

Que escuchaba, dentro del pecho

Las vueltas jadeantes,

Las graves campanas clamando al cielo.




 

 

 

 


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